
Tengo que ser sincera: Me he estado dando cabezazos contra la pared desde hace aproximadamente unas 4 horas, porque tengo que elegir los electivos para el próximo año antes de las 12 de la noche, totalmente de imprevisto. No es que sea algo muy complicado, pero tengo mil quinientas sesenta y siete punto cinco opciones, y no son precisamente iguales. Lo primero que pensó una gran cantidad de gente con la que hablé fue la plata, por supuesto. Primero las tías me preguntaban con una sonrisa chocha que quería estudiar y cuando respondía “teatro” su sonrisa menguaba y me miraban con los ojos abiertos con cara de “¿su mamá la deja?”. Es un tanto incómodo, por supuesto. En segundo lugar viene todo el resto, que son los temas que abarcan las conversaciones con amigos de nuestros papás después de unos pisco sour de más que comienzan los típicos consejos sobre la carrera y todo el cuento, que la vocación, que la plata, que el precio de la carrera, que el sacrificio y esa es la parte en la que digo que me voy a servir bebida a la cocina y no vuelvo.
Digo yo, que maravilloso sería ser de esas personas que cuando les preguntas que van a estudiar te responden “En realidad no se, me va bien en todo, yo creo que alguna ingeniería…”, y claro que me muero de envidia porque los números nunca han sido mi fuerte y jamás he estado muy segura de mi futuro. Y me imagino que una gran cantidad de gente estará en mi misma situación (y encuentro maravillosamente absurdo que ahora que debería estar eligiendo mi “futuro” estoy escribiendo esta columna).
Una de las cosas más chistosas que encuentro son las orientaciones vocacionales de los colegios… Tal vez si uno va a una reunión en privado con la orientadora u orientador, llegue a su punto máximo de conocimiento personal y de pronto descubra que es lo que quiere para su vida (suena irracional, pero conozco gente a la que le ha ocurrido), pero en la gente normal esto no pasa y nos pasamos la vida en el colegio respondiendo encuestas que dicen cosas como:
-Compare sus notas de los últimos tres años y responda:
¿Han cambiado tus notas con el paso del tiempo? ¿Han mejorado o empeorado? ¿Eso tiene que ver tal vez con la madurez? ¿En que ramos te ha ido mejor? ¿Qué vas a estudiar? ¿Dónde te ves en 5 años? ¿Cómo se llama tu perro?
Ponen la pregunta escondida entre muchas, como para que respondas sin darte cuenta. Tal vez esté sicológicamente comprobado que eso, de alguna forma, te ayuda a elegir un electivo, pero yo, a mis 16 años, puedo afirmar que no me ha servido de nada. Por eso tengo ahora 3 horas y 15 minutos para elegir mi electivo y no tengo idea de a donde voy, me siento manejando con los ojos tapados y sigo escribiendo esto.
Creo que al fin y al cabo la idea no es irse a la segura, el ramo en el que a uno le va bien o algo por el estilo, sino lo que a uno le interese, suele ocurrir que uno se aferra a lo que conoce y le da miedo probar algo nuevo, a cambiar. Por eso me voy al científico y ojala una luz divina me arregle el promedio el próximo año, porque ya no hay vuelta atrás.

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